Las montañas, el mar, las olas
chocando en las piedras, los acantilados, todo el paisaje que nos
rodea. Recorren pequeños pueblos y ver las cosas como si fueran lo
primera vez que tus ojos las contemplan, poner esa cara de sorpresa
que ponen los niños pequeños, a eso me refiero. Ser feliz con muy
poco y darse cuenta de que no hace falta todo eso que pensabas, toda
esa ambición frustrada que anhelabas.
¡Pero que bonita es la vida en un
pequeño pueblo pesquero.! Levantarte todos los días y envejecer
abriendo unas hermosas persianas correderas azules, dejando entrar
la luz del alba y ver una larga e interminable lona azul donde
desaparece el sol y se pueden contemplar pequeñas manchitas
flotando. Tener en tu modesta cocina una pequeña y cuadrada mirilla
por donde observar el precioso y natural paisaje mientras cocinas. El
sol entra entre las cortinas en verano y en invierno la fría brisa
marina entumece la casa y apaga el paisaje. Pero pensemos en el
verano, tienes un porche de madera vieja y oscura donde poder tomar
el café, ver desde él a tus hijos y nietos crecer, coser o
simplemente darte cuenta de lo afortunada que eres por vivir en un
sitio privilegiado.
Dejas tú casa atrás y el escenario
de fondo son miles de bares, con parrillas y muchas mesas que se
llenan todas a las horas puntas, olores mezclados, calles de piedra
entresijadas, barquitos amarrados, murmullos de gente.
La noche viste al pueblo de negro, se
encienden las farolas y el mar descansa. El día ha terminado casi
como empezó, esta vez cerrando las persianas esperando que mañana
sea un día mucho mejor.